A estas horas… aquí

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El amor de hermanas es infinito.

Hoy tomaste mi mano como una bebé.

Tu piel es tan suave, tu calor tan tierno. De pronto me sentí como una madre cuidando a su pequeña.

Reposaste tu cabeza en mi hombro y me convertiste  en dulce remanso en el cual descansar, apoyarte y estar tranquila.

Me hiciste sentir como un pilar, como la base de tu alma, tan fuerte y al mismo tiempo tan vulnerable que contuve el llanto en el prociso momento en que acariciaste mi mano y dijiste que me amas sin emitir  palabra.

¿De qué nos hicieron a ti y a mi?, manejamos un lenguaje alterno, opuesto, pero establecemos el contrapunto en una melodía que te invita a bailar, externarte, fluir.

Jamás en el tiempo tan unidas y tan expuestas. Jamás tan fuertes y vulnerables. Jamás tan dispuestas a hacer y decir.

No es de extrañar que en el punto cúspide de la vida (que para mi no es el nacimiento ni la muerte, sino ese punto intermedio en el que la esperanza de la vida y el temor a la muerte sobrevienen) estemos con la entera disposición de hablar lo que no se hablaba, hacer lo que no se hacía y vivir lo que no se vivía.

Que ganas de llorar ininterrumpidamente ante el miedo, ante la incertidumbre, ante el embate que la enfermedad anuncia; que ganas de poder decir ¡basta! y de súbito hacer borrón y cuenta nueva eliminando de la historia de nuestras vidas todo aquello que provoca esta incertidumbre.

Deseo aferrarme a los pronósticos de más tiempo, más vida, más caricias, más olores que transportan a un lugar sin miedo, a un mundo sin presentimientos, a una hora viva en el que solo felicidad exista.

Tengo miedo de perderte, de dejar de ver tus ojos que se abren ante algo sorprenderte y se cierran cuando se les quiere fotografiar; tengo miedo de que no estés, tengo miedo de estarme despidiendo de ti mucho antes de que la hora fatal sobrevenga.

Y es que no quiero dejar de tener tu presencia. ¡Qué alguien me diga como hablarle a Dios de una manera distinta para que me escuche, para que nos de oportunidad, para que no sufras, para que nadie lo haga! Llevo un año intentando calmar mis lágrimas, el miedo constante de dormir y despertar con el anuncio de tu partida; tengo miedo del momento y saberte para siempre lejana a mi, solo atesorando tu recuerdo, tu aroma, tus palabras, tu energía.

Y es que por caridad no quiero perderte, ¡No sé cómo será vivir sin ti! Y de verdad quisiera saberlo; lo reconozco, he ensayado, en más de una ocasión le he exigido a mi mente que te bloquee, que te borre, que te vuelva inexistente desde toda la vida, como si fuera una película la cual edito y ¡Zaz! el personaje se eliminó y ya nadie sabe, nadie supo de él.

Pero esto no es así, la realidad golpea, y al tiempo que trato de aprender a vivir sin ti, estando aun presente, viene a mi la esperanza de saberte con vida aun, de tenerte, de la enorme bendición que es poder llenarme de ti, de atesorarte, de abrazarte, de hartarme de tu olor, de la suavidad de tu piel, de tu suculenta manera de andar, de hablar, de irradiar la energía que posees.

Nada más intenso que este momento cúspide de vida y muerte, nada más vivo e intenso, nada más ilógico e indeseado, atesorado y valorado.

Sigues aquí, y yo trato de aprender y entender, aprender de lo que me das y entender que más allá de la vida y de la muerte, seguirás tú, seguiré yo, seguiremos juntas.

Con el nudo en la garganta una tarde de martes.

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